Homilía del obispo Brennan

Misa de instalación, Catedral St. Joseph, Wheeling, WV, 22 de agosto de 2019

Un pueblo caminaba en la oscuridad y vivía en la tierra de la pesadumbre. Esas palabras de Isaías, refiriéndose a los ejércitos enemigos que oprimían el reino de Israel son, yo creo, una apta descripción de cómo muchos católicos en este país se han sentido durante el pasado año y cómo muchos católicos de West Virginia se han sentido durante más tiempo. Los escándalos de los cuales nos hemos enterado han causado profunda decepción, confusión, ira y desconfianza en los líderes eclesiásticos. Tenemos que enfrentar esta situación con ojos abiertos y espíritu determinado para producir un cambio verdadero y duradero.
Pero el mensaje de Isaías a un pueblo oprimido no termina en la oscuridad. Escúchenlo otra vez: El pueblo que caminaba en la oscuridad ha visto una gran luz; sobre los que han vivido en la tierra de la pesadumbre ha brillado una luz. Amigos, no requiere humildad de mi parte admitir que no soy la luz. La luz es el niño nacido entre nosotros, el hijo dado a nosotros. La luz es el hijo de María, Jesús, la luz del mundo. A través de él Dios ha actuado para sacar a su pueblo de la oscuridad hacia su luz maravillosa. Tengo la esperanza de que, con la confianza en el Señor y la ayuda de ustedes, yo pueda reflejar en mi servicio aquí en Wheeling-Charleston un poco de la luz del Señor como la Luna refleja el Sol.
Durante estos tiempos oscuros muchos otros han perseverado reflejando la luz de la fe y el amor de Cristo a pesar de sus propias luchas para encontrarle sentido a la crisis que enfrentamos. Pienso en los padres que han continuado orando con sus hijos y enseñándoles la diferencia entre el bien y el mal; en los sacerdotes parroquiales que han continuado predicando el Evangelio y bautizando, casando y dirigiendo funerales; en el personal de Caridades Católicas que nunca han cesado de extenderse a los que son adictos a los opioides o que no tienen alimento ni ropa; a los maestros de las escuelas católicas y de los programas de educación religiosa parroquial que han continuado llegando todos los días para formar jóvenes y adultos en nuestro credo; a los adolescentes cuya juventud refleja tanta promesa y cuya fe vibrante nos llena de tanta esperanza; pienso también en el personal de la cancillería diocesana que ha venido a trabajar todos los días para adelantar el trabajo de Dios en este buen estado aun bajo circunstancias muy difíciles. La luz de Cristo ha estado brillando en la oscuridad a través de todos ellos y, como dice San Juan en su Evangelio, la oscuridad no la ha apagado. Agradezco a Dios por estos católicos fieles de West Virginia.
El comportamiento tiene consecuencias y hay consecuencias al mal comportamiento del pasado que tienen que atenderse. Esa es una de mis responsabilidades y les aseguro que la cumpliré. A su vez es mi esperanza y oración ferviente que podamos comenzar a encontrar nuestro camino hacia adelante. La luz de Cristo nos llama a movernos ahora del pasado doloroso hacia él, no en negación sino en la confianza de que el Señor nos proveerá la sabiduría y fortaleza para hacer las cosas mejor, para vivir nuestra fe con mayor integridad y para reflejar más brillantemente su propia luz duradera hasta donde nuestras debilidades y limitaciones humanas nos lo permitan.
Una realidad dolorosa que tenemos que enfrentar es el hecho de que alguna de nuestra gente ha estado tan indignada o desanimada que ha dejado de ir a Misa o hasta de orar. De seguro otros han estado tentados a hacerlo. Le pido a todos los que se sientan así que consideren el ejemplo de los residentes de West Virginia de una era anterior. Cuando las nubes oscuras de la separación cubrieron el estado de Virginia durante la primavera de 1861 la gente de estas montañas occidentales escogieron mantenerse en los Estados Unidos de América. No querían romper su unidad con Ohio y Pennsylvania, Michigan y Kentucky. Le pidieron al Congreso que los admitiera como el Estado de West Virginia, lo cual el Congreso hizo en 1863. Muchos de sus hijos – de los cuales sus ancestros están presente – lucharon para mantener la integridad de la Unión
Sé que sentimientos fuertes de repugnancia podrían llevar a algunos a apartarse. Pero yo instaría a todos nosotros a recordar la oración de Jesús por sus discípulos la noche antes de morir: “ Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21-22). La unidad de unos con otros y con Dios es lo que el Señor quiere para nosotros y lo que en nuestros corazones verdaderamente deseamos. No hace mucho tiempo un hombre me dijo que había dejado de ir a Misa en su parroquia debido a los escándalos recientes pero que luego se preguntó: ¿A quién estaba ayudando al hacer eso? A nadie. ¿A quién estaba perjudicando? A sí mismo. Desde entonces él ha regresado a la Misa, todavía ansioso de ver que la iglesia atienda sus propias fallas y haga reformas duraderas pero consciente de que alejarse no ayuda. Como Simón Pedro le dijo al Señor cuando algunos discípulos se estaban apartando de Jesús debido a sus fuertes en enseñanzas: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes las palabras de la vida eterna”.
Mis muchos años como sacerdote parroquial y dos años y medio como obispo me han enseñado que la obra de sanación y renovación es la obra de todos nosotros. Cada uno de nosotros tiene que encontrar maneras de revelar la luz que vence la oscuridad, aun en nuestra lucha personal para encontrar sentido y entender.
Hoy honramos a María, quien es un modelo para todo discípulo de su hijo. Ella dijo sí a Dios bajo circunstancias muy difíciles. He aquí un ejemplo para nosotros imitar. Nuestras dificultades no son solamente las fechorías, las revelaciones de abuso sexual por clérigos ni la irresponsabilidad de algunos obispos, tan malos como son esos escándalos, pero también son la epidemia de opioides que nos roba nuestros parientes y amigos; la pobreza que cubre pueblos donde las fábricas han cerrado y zonas rurales que nunca han conocido la prosperidad; el poder ejercido por algunos negocios grandes que actúan como abusadores en el patio escolar; la necesidad de oportunidades educativas robustas para nuestros jóvenes, a las cuales nuestras escuelas católicas pueden aportar una gran contribución; la desesperanza entre muchos de nuestros jóvenes, cuyas tasas de depresión y suicidio están aumentando; y un individualismo extremo que niega nuestros lazos comunes y nos lleva sólo al aislamiento.
Ante todos esos males sociales y muchos otros nos atrevemos a ofrecer algo mejor: una buena noticia, una muy buena noticia durante tiempos muy malos, una noticia demasiado buena para reservárnosla. ¿Cuál es? “Dios amó tanto al mundo que entregó a su único hijo para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Los que creemos en el Hijo de Dios sabemos que su gracia nos sustenta en las pruebas y las alegrías de esta vida y nos llevará hacia la eternidad. Esa experiencia de Cristo en su iglesia tenemos que compartirla con los demás. Tenemos que invitarlos a poner su fe en el Salvador que Dios ha enviado, el Salvador que aún ahora vive en nosotros.
Una vez vi dos placas de automóviles en rápida sucesión mientras conducía en dirección oeste en la I-70: una decía “No puedes”. La otra decía “GODIZ4U” (Dios es para ti). Ese es el mensaje de San Juan y San Pablo en su Carta a los Romanos: Sabemos que todas las cosas son para bien para los que aman a Dios, que son llamados según este propósito. Creyendo eso podemos rechazar el pesimismo de la primera placa: Sí, como María podemos dejar que Dios cumpla su propósito en nosotros y no permitir que la oscuridad regrese a cubrir la tierra. Podemos corregir las malas acciones del pasado y pasar a hacer que Cristo sea conocido, ayudando a nuestro prójimo que esté en necesidad y manteniéndonos unidos en la fe y el amor. Hagan suyo el “sí” de María a Dios y trabajen conmigo y sus hermanos y hermanas para permitir que la luz de Cristo sea una luz brillante visible en las montañas y los valles, en las calles de la ciudad y en las carreteras del campo de esta bella parte de la creación de Dios: West Virginia.

Facebooktwittermail